28 de julio de 2026. Ha pasado más
de un mes, y parece que fue ayer. El recuerdo es nítido, y la sonrisa sigue
esbozándose al recordar aquel instante mágico. No es ninguna exageración
afirmar que ha sido uno de los momentos más espectaculares de mi vida, si no el
que más.
Me despierto temprano, a las 05:30,
en un enclave único. Estoy en el monasterio tibetano Pema Ts'al Sakya, a las
afueras de Pokhara, que será nuestro hogar durante los próximos dos días.
Enciendo la luz roja del frontal, me zafo de la mosquitera tratando con sumo
equilibrio de no tirar una de mis dos cantimploras metálicas que yacen sobre la
esterilla, y abandono el habitáculo en el que mis compañeros aún duermen. Por
el camino, me froto los ojos, queriendo verificar si realmente estoy aquí o
todavía sigo soñando.
Tras un par de minutos dedicados
sin éxito a encontrar mis chanclas entre los ciento cincuenta pares que se
encuentran a la salida de la habitación, me calzo empujado por el ansia unas
chanclas ajenas (pido perdón desde aquí) y alcanzo la plaza principal del
monasterio. Allí me encuentro a Sara, la profe de mates, que como yo, tampoco
quiere perderse el amanecer en este mágico lugar. Alzo la mirada, y en ese momento comprendo
que la estampa de la que están siendo testigos nuestros ojos tardará años en
borrarse de mi memoria. Qué espectáculo. Soy incapaz de contener las lágrimas
que se pierden sobre mi rostro. Jamás en mi vida pensé que iba a ver una
escena tan bella.
A lo lejos, los rayos del sol reflejados
tímidamente en la vertiente sur de la cordillera de los Annapurnas. Por delante, el Machapuchare, una de las montañas más bellas
sobre la faz de la Tierra. En primer plano, el templo del colorido monasterio y
sobre sus escaleras, los monjes acudiendo a la meditación. Y todo ello, mientras
el olor del incienso se va haciendo cada vez más y más intenso, y con el sonido
del gong llamando a la meditación como banda sonora. La definición de belleza
frente a nuestros ojos. Qué paz. Ni la descripción más detallada ni la
fotografía más nítida se podrían acercar a lo que realmente pudimos vivir y
sentir en ese momento los allí presentes.
Por un momento todo se
detiene. No existe el tiempo, ni el
cansancio, ni el viaje. Solo nosotros, las montañas y una calma que, de algún modo, está llena de vida. Después llegan los abrazos, las sonrisas
compartidas y las fotografías. Intentamos de alguna manera guardar aquel
momento para siempre, aunque todos sabemos que ninguna cámara será capaz de
capturar lo que acabábamos de sentir.
Quizá algunos momentos no necesiten
durar más de unos segundos para acompañarnos durante toda una vida. Aquel
amanecer duró apenas un instante. Pero, más de un mes después, cuando cierro los
ojos, todavía puedo volver allí. Y el gong vuelve a sonar.
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